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Villa Sanjurjo, Alhucemas, Al Hoceima. Tres nombres, dos culturas, una ciudad

Escrito por JordiMiro on .

Villa Sanjurjo, Alhucemas, Al Hoceima. Tres nombres, dos culturas, una ciudad A muchos, Alhucemas tal vez les recuerde dos cosas: el desembarco de 1925 y el terremoto de 2004. Antes y después, o entre ambos, parece no haber existido. Por mi parte, la primera vez que oí hablar de ella fue en mi libro de texto de Geografía de España de primero de Bachillerato, plan 1957, creo recordar. Allí estaba, en las “Plazas de soberanía españolas del Norte de Africa”, junto al otro peñón, el de Vélez de la Gomera. Además, en Historia habíamos estudiado ya el desembarco justo al lado de lo del “Desastre de Annual”.

 

Los dos primeros nombres vienen de su pasado colonial, el último de su presente. Es una ciudad de nueva planta, salida de la nada, a diferencia de otras ciudades del Protectorado, lo que permitió su planificación urbana según los cánones de una ciudad española de la época, aunque compaginando lo español con lo árabe: la fonduk, la alcaicería, el hamam, obra en gran parte del arquitecto militar Emilio Blanco Izaga, de los que casi nada quedan ya, desaparecidos bajo la piqueta del modernismo mal entendido. Sobreviven, eso sí, espacios y edificios aislados que nos recuerdan su pasado. Hoy en día, es una ciudad en gran parte dedicada al turismo y en continua expansión. Su parque nacional, su riqueza natural y el entorno, son elementos añadidos con que regalar al visitante. Sus habitantes, orgullosos de su pasado, hablan el tamazigh, lengua preárabe de origen bereber y sobre todo entre los jóvenes, surgen movimientos para recuperar su lengua y cultura.

Alhucemas se forjó con emigrantes españoles que siguieron los pasos del ejército tras su fundación en 1925 a raíz del desembarco para hacer frente al movimiento rifeño, encabezado por Abd El Krim el Khattabi y que vieron allí una nueva tierra de promisión. Después, llegaron otros de una España pobre recién salida de una guerra civil. Todos intentaron trasplantar en este olvidado rincón, extraño, hostil y no menos pobre que de donde vinieron, una copia de su tierra natal, fabricando esperanzas e ilusiones, haciendo o rehaciendo sus vidas. Aquí vivieron y murieron, o regresaron a España tras la anexión a Marruecos del territorio en 1956.

Sin embargo, si la ciudad se fabricó de la nada, su territorio no estaba deshabitado. Su gran y acogedora bahía ha facilitado desde siempre la instalación de fenicios, cartagineses, romanos, árabes, turcos, y cómo no, piratas de todo pelaje. El geógrafo árabe el Bekri, del siglo XI, nos habla de la ciudad de Nekor, el Atlas Catalán de 1375 de Motzema y el almirante turco Piri Reis en su atlas del Mediterráneo describe la costa marroquí, en la que ya figura la bahía. De la misma época, León el Africano nos dice que Mezemma es una pequeña ciudad que, como las demás, podemos ubicar en la bahía, más exactamente en las cercanías del río Nekor.

Sus inicios fueron duros, en un entorno pobre, salpicado de dunas, sin casi vegetación ni vida animal, a lo que hay que añadir las enfermedades endémicas, principalmente la malaria. Una visita al cementerio español, allí donde los muertos nos hablan de los vivos y la muerte une lo que la vida separó, acogió, sin distinciones, a moros, cristianos y judíos. Las lápidas nos dicen que en aquellos tiempos se moría joven, pues las tumbas de niños y jóvenes abundan.

El cine, el teatro, el fútbol, las fiestas, las fallas, los toros, formaban parte de la vida cotidiana, como en cualquier ciudad española de la época. El Teatro Español, la plaza del Florido, la Confitería el Negro, el Cine Viejo, el bar el Cocodrilo, por citar sólo a algunos, son nombres que nos llevan a cualquier ciudad española. Aún hoy, pertinaces asociaciones, como la de Antiguos Residentes de Villa Sanjurjo y el Museo Mapal, con sede en Madrid, intentan conservar todo este patrimonio cultural en forma de objetos,  libros, fotografías antiguas y demás documentos de la época, amén de la publicación de una revista.

Y el Peñón, este barco de piedra anclado en medio de la bahía. Posesión española desde el siglo XVI, ha sido fortaleza, presidio y punto estratégico de un colonialismo ya periclitado. En tiempos más recientes, cuando justo enfrente existía el Club Méditerranée, hoy cerrado, fue base de observación de francesas en bikini por parte de los militares españoles que allí cumplían su servicio militar. Y como no podía ser de otro modo, fue lugar de paso y de intercambio de todo tipo de mercancías prohibidas entre españoles y rifeños, pues una cosa es la política, y otra, la gente.

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