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¿Construyamos el tunel bajo estrecho?



Esa frontera presenta hoy la mayor diferencia de renta de todo el mundo a excepción de la de las dos Coreas, que está cerrada, ese desequilibrio es causa fundamental del dramático problema migratorio, pero supone una gran oportunidad por su enorme potencial de desarrollo, África se está desarrollando, China es su mayor socio comercial con más de 100.000 millones de $/año de intercambios. Entre 2003 y 2009, India invirtió 25.000M$, Brasil 10.000, y China 28.000; en 2008 África recibió 90.000 M$ de inversiones extranjeras, España, que ha llegado tarde al desarrollo asiático y quizás demasiado pronto al americano, debería llegar a punto, junto con Europa, al desarrollo africano.

La conexión permitiría mejorar los movimientos de población y hasta el enquistado conflicto de Gibraltar tendría otra perspectiva. Nuestros colegas los ingenieros marroquíes y mediterráneos tienen similares opiniones y entusiasmos. España pasaría de periferia a puente entre Europa y África, nos reequilibraría geo-estratégicamente, sería un proyecto de interés europeo, ahora que se mira para el Sahara como fuente energética, «El brasero de Europa», que dijo el ingeniero Salvador de Madariaga, sería también prioritario para la Unión para el Mediterráneo, que ahora se quiere revitalizar y su coste, difícil de evaluar pero que puede ser próximo a los 30.000, aunque pueda parecer astronómico, es sólo la tercera parte del Fondo previsto para rescatar las cajas de ahorro. Y , además, el proyecto podría tener beneficiosos efectos colaterales sobre la economía, el empleo, la I+D+i en la obra pública, y la reactivación de nuestro anémico mercado inmobiliario residencial. En 1986, cuando España entra en la UE, su índice de dotación infraestructural era el 55% de la media europea, inferior a la correlación en términos de renta económica, y un claro estrangulamiento para el desarrollo, pero suponía también un gran potencial, veinticinco años después nuestro nivel de dotación infraestructural es igual o superior a la media europea, su solidaridad nos ha ayudado con más de 120.000 millones de euros, hemos corregido el déficit aprovechando como nadie los fondos europeos, avalando la política de cohesión y haciendo en 25 años, lo que otros grandes estados europeos hicieron en 60.

En Bruselas se sabía que si se inyectaba un euro al sistema español gestor de obra pública, acaban en la carretera noventa y muchos céntimos, era y es un sistema comparativamente eficaz, lo que no se podía decir de sistemas análogos en otros estados europeos, ni, lamentablemente de otros sistemas en España. Por cierto, qué manía de evaluar la eficacia de las políticas públicas por los recursos económicos que destinan a un sistema, sin medida previa de su eficacia, algunos son agujeros negros y de nada vale aumentar la inyección si antes no se mejoran.

España ha generado un «clúster» gestor de obra pública: constructoras, ingenierías y administración de alta competitividad mundial, aún poco conocido, que podría contribuir a fortalecer la marca España, y que tiene una magnífica oportunidad ahora que grandes países mediterráneos necesitan ese mismo empujón infraestructural, que les cohesione territorial, mercantil y socialmente. «Nadie entre aquí que no sepa geometría» dijo Platón para su academia, más del 80% de los ministros y consejeros autonómicos españoles son gentes de letras, sin pretender llegar al politburó chino donde todos son científico-técnicos. Sí parece que un mayor equilibrio ciencias-técnicas /letras sería deseable y máxime ahora que hay acuerdo en la conveniencia de un nuevo modelo más técnico-científico, además, muy probablemente, ese exceso del gobierno de letras, mayoritariamente abogados y enseñantes, pueda explicar, en parte, la relativa menor cuantía y a veces sorprendente ausencia de responsabilidad funcional, ese comportamiento permanente de los teóricos responsables de sistemas básicos para el funcionamiento de España como si fueran simples analistas dialécticos sin aparente conciencia ni auto exigencia de su propia responsabilidad en el correcto funcionamiento del sistema, o por lo menos no de la misma cuantía que los que han tenido una formación y una práctica profesional dirigida a crear y a responsabilizarse plenamente del funcionamiento de los sistemas a su cargo.

Esa ausencia de responsabilidad funcional, propia de los dialécticos y muy alejada de la idiosincrasia del ingeniero o del geómetra de Platón, es la que está transformando este país en una gigantesca tertulia sistémica 24h/24h, de fútbol, toros, estatutos de autonomía, educación, justicia, aborto y hasta grandes premios de fórmula 1, potaje del que no saldrá la solución de la crisis, por mucho chef galáctico que lo cocine y que, creo, muchos contemplamos entre desconcertados y desesperados, viendo cómo, por ejemplo, el responsable de intentar disminuir el paro, cree cumplida su tarea con explicarlo en la tertulia, o como el seudo líder regional, nacional o comunitario, responsable del sistema, clama también en la tertulia, para que lo arreglen otros, o, como mucho, para que lo arreglemos entre todos y, si puede ser, mejor sin él. La dieta mediática y el incienso público motivan más otras ocupaciones, ser geómetra de Platón o ingeniero es difícil, y no te invitan a la gran tertulia sistémica: el 30% de nuestros jóvenes ingenieros a los cinco años trabajan en otro sector, aún así, tenemos miles trabajando por aquí y por 130 países del mundo, y a veces hasta les secuestran o desaparecen en acto de servicio como trabajadores españoles, aunque no sean noticia, ni los repatríen en avión oficial, pero los necesitamos.

La singular Comunidad de vecinos que llamamos España, no está terminada, ni mucho menos. Antes de la crisis, invertíamos 30.000 millones de euros/año en infraestructura, 20.000 en obra nueva y 10.000 en reformados, una inversión adicional de 500 millones en más ingeniería, ahorraría 5.000 millones en reformados, un ahorro neto 4.500 millones. Invertir en ingeniería es buena receta de estímulo fiscal por ser garantía de inversión productiva perdurable y de creación de empleo estable y de calidad y si no se remedia pronto con un plan de choque de coste muy inferior a lo que cuesta la cataplasma de una caja de ahorros enferma por la gestión de analistas dialécticos, corremos el riesgo, de perder 7.000 empleos. Y no pedimos dinero para arreglar desaguisados, sino para revitalizar la obra pública y continuar una de las grandes historias de éxito de la España reciente. El Túnel bajo el estrecho no sería el milagro que resolvería todos los problemas, pero sí una potente apuesta colectiva por hacer realidades más provechosas y prometedoras de futuro y de otro modo, más racional, más riguroso y hasta más épico, y también sería una magnífica oportunidad para promover, desde la presidencia española de la Unión Europea, y en el contexto de la Unión para el Mediterráneo, algo verdaderamente real y práctico y uno de los proyectos más sugestivos de la historia, situando a España en el centro del mapamundi.

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